Reescribir o no reescribir, esa es la cuestión

Cuando terminamos de escribir, es posible que nos asalte una pregunta clave: ¿vale la pena reescribir o es mejor dejar el texto tal como está? Existen diferentes posturas sobre este tema en el mundo de la escritura. Están quienes apuestan por la espontaneidad pura, como los surrealistas, y quienes defienden la reescritura constante, como Borges. Hoy vamos a explorar estas dos visiones contrapuestas y cómo pueden aplicarse a tu propio proceso creativo.

1. La escritura automática: la libertad del primer impulso

La teoría del surrealismo propone una práctica llamada escritura automática, que consiste en dejar fluir las palabras sin interferencia de la lógica o la autocensura. Para los surrealistas, el valor de un texto está en lo que surge de manera espontánea, sin preocuparse por correcciones o ajustes. Según esta visión, reescribir podría limitar el potencial del subconsciente y reducir la autenticidad del texto.

Este enfoque invita a confiar en el impulso inicial, a no detenerse a pensar demasiado y dejar que la escritura se despliegue casi como un acto reflejo. El resultado puede ser una obra fresca, cargada de imágenes y asociaciones inesperadas, pero también, en el peor de los casos, corre el riesgo de quedar poco pulida o resultar netamente incoherente.

2. El perfeccionismo de Borges: reescribir hasta el cansancio

En el otro extremo, Borges llegó a afirmar que publicaba sus obras para dejar de corregirlas. Borges no solo reescribía sus textos una y otra vez, sino que lo hacía incluso hasta las pruebas de imprenta. Para él, un texto nunca estaba terminado, siempre podía mejorar en estilo, precisión o profundidad.

Algunas almas ferpeccionistas buscan que cada palabra sea exacta. Para ellas, la construcción de un texto es una cuestión de rigor casi matemático. Este proceso de revisión puede dar lugar a textos prolijos, exactos, milimétricamente pensados… pero también implica el riesgo de atrasar la publicación de manera permanente.

3. ¿Se puede realmente zanjar esta cuestión?

Creo que, en este caso, la cuestión no radica realmente en elegir uno u otro enfoque, sino en saber combinarlos. El momento del proceso creativo y el objetivo del texto tendrán mucho que ver en la forma de aproximarse a él.

La escritura automática no es solo una excelente herramienta para superar el síndrome de la página en blanco, sino también un espacio para descubrir ideas que quizás ni sabías que tenías. Al escribir sin filtros, podés acceder a imágenes, conexiones y emociones que están escondidas bajo la superficie. 

Este tipo de approach puede ser especialmente útil en etapas iniciales del trabajo o cuando abordás géneros que se alimentan del lenguaje intuitivo, como la poesía o la narrativa lírica. Pero incluso si tu objetivo no es escribir un poema, la escritura automática puede ayudarte a generar ideas o a resolver problemas en géneros más estructurados. Por ejemplo, un ejercicio de este tipo puede revelar frases, escenas o perspectivas que luego podés reorganizar y pulir para adaptarlas a un cuento o una novela.

Por otro lado, hay momentos en los que el trabajo consciente y detallado es inevitable. Más allá del género, llegar a un texto bien terminado casi siempre requiere un período de análisis y revisión en el que evaluás cada palabra concienzudamente. Pero esto no significa que la inspiración inicial y la intuición queden descartadas: lo que surge de la escritura automática puede convertirse en el núcleo de una idea poderosa que, al ser trabajada con cuidado, le dé profundidad y claridad al texto.

En mi opinión, es bueno tener todas las técnicas en nuestro kit de recursos. Podés empezar con un borrador libre y luego volver a él para pulirlo. Dejar el texto reposar unos días y revisarlo con otra perspectiva. Este vaivén entre lo libre y lo estructurado no solo enriquece tu escritura, sino que también te ayuda a crecer como escritor, al ampliar tus posibilidades. ¿Vos qué pensás? Te leo en los comentarios.

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